dissabte, 23 de febrer del 2013

34. Nunca había estado mejor


Cuando le tengo a pocos centímetros, abro los brazos, dejándolos al lado de mi cintura, tímida, mostrándole que deseo abrazarle, con una sonrisa en la cara que nada ni nadie puede cambiar. Él, sin hablar, simplemente sonriendo, mirándome a los ojos, me rodea con una mano el cuello y con la otra me acerca a él,  bajando la mano por mi espalda, acariciándome, mientras con la otra me aprieta por los hombros hacia él. Yo le rodeo la espalda, me aprieto más, todo lo que puedo, y hundo mis dedos en su camisa, sonriendo, apoyando mi mejilla en su hombro, casi en su pecho, pudiendo escuchar los latidos de su corazón. En este momento, el mundo ha parado para mí, solo estamos él y yo, en medio de esta calle, abrazados. Las piernas me tiemblan, el corazón late muy deprisa, más que latir, parece que bote, que baile dentro de mí lleno de felicidad… Él sigue apretándome por la espalda, pero con la otra mano pasa a acariciarme la mejilla y reposa su mano en mi cuello. En ese momento, noto como todas las ganas de llorar que tenía aumentan, es el momento más tierno que he vivido en mi vida y lo estoy viviendo con él, sumándole el hecho de que sus manos estén acariciándome, hace sentirme más especial. Aún así me aguanto, recuerdo la promesa que le hice, y no voy a traicionarle. Inspiro con fuerza, notando su perfecto aroma y muriéndome de amor al hacerlo: sigue usando la misma colonia que el primer día que lo abracé, y eso me trae muchos recuerdos. Separa su mano de mi cuello y pasa otra vez a mi hombro, la va bajando hasta la cintura, igual que la otra, y me separa de él, mirándome directamente a los ojos, con ternura. Noto como se da cuenta de que estoy haciendo un esfuerzo enorme para no llorar, tengo los ojos hinchados y rojos, seguro, pero mi sonrisa lo compensa, creo. Cojo aire para preguntarle cómo sabía que yo venía, no es normal esta reacción en él, pero antes de poder hacer el esfuerzo para articular palabra, me contesta él.

- Me dejó un tweet Blair. – ¿Blair? ¿Un tweet? ¿A él? – Me dijo que venías a verme, sola  – remarca esa palabra, haciendo que me sonroje más, si cabe  –  y que te cuidara. – Sonríe al ver cómo me pongo roja. Me acaricia la mejilla. – Te echaba de menos. – Me besa en ella, tiernamente. Cierro los ojos, dejando caer una lágrima, y me muerdo el labio. ¿Por qué me hace esto? ¿No ve que estoy temblando y que no puedo más? Le miro a los ojos y le sonrío como muestra de agradecimiento, todavía no tengo fuerzas para hablar. Él baja las manos que tenía en mi cintura y me coge de las manos, apretándolas, para calmarme, y las eleva a la altura de su barriga – ¿Cómo estás? – Sonríe.
- Nunca había estado mejor. – Logro contestar después de coger aire. Al escucharme, vuelve a abrazarme tiernamente. Es un abrazo corto, pero con sentimiento. Al separarme, vuelve a cogerme de las manos, mirándome fijamente.
- Bueno, ¿qué? – dice Àngel con una gran sonrisa. Me quedo mirándolo atontada, sin saber a qué se refiere. – ¿Qué tenemos que hacer ahora?
- ¿Cómo? ¿Qué no tienes programa hoy? – Ríe.
- No, ¡claro que no! ¡Es Navidad!
- ¿Y entonces…? – Sonríe. ¿El tweet de Blair? ¿Ha venido solo porque sabía que yo vendría? Sonrío como una tonta, llena de felicidad y me lanzo a abrazarlo. Él suelta una carcajada tímida al ver mi reacción y me abraza, moviéndome, como si fuese una cuna. – Gracias, gracias, gracias. – le susurro en el oído, perdida en su perfecto olor.
- No me las des a mí, dáselas a Blair por amenazarme. – escuchar eso me hace reír, aunque quizás debería preocuparme… – ¿Y bien, que quieres hacer? – dice al separarse de mí, volviéndome a coger las manos.
- ¿Eh? Bueno… No… No sé… ¿Qué quieres hacer tú?
- ¿Yo? – contesta divertido. Me quedo parada y le miro cuestionándole. Àngel, al ver mi cara, empieza a reír y yo me pongo como un tomate. ¿Qué pensará de mí? Al ver cómo me sonríe, tiernamente, al acabar de mofarse de mí, me doy cuenta de que no tengo que temer nada, que sabe que no estoy loca… No como para hacerle nada. Y eso me gusta. – Vamos, vamos a pasear. 

dissabte, 16 de febrer del 2013

33. El reencuentro.


Ya estoy en la habitación. Es grande, me gusta: tiene un balconcito que da a un parque, bastante tranquilo, no hay nadie (no en el rato que he estado yo asomada, por lo menos); y un enorme armario, donde ya he guardado mi ropa y la maleta.

Me quedo mirando al diario, no sé qué escribir, nunca se me ha dado bien. Lo cierro y me siento en la cama, mirando las paredes. No sé qué hacer. Lo mejor será que vaya a dar una vuelta, que empiece a conocer el ambiente.

Salgo del hotel con el mapa que me regaló mi madre, cual guiri rubio que busca la playa con sus chanclas y sus calcetines. Empiezo a dar vueltas en círculos, sin alejarme mucho, no vaya a ser que me pierda y tenga que utilizar el mapa, me moriría de vergüenza… Dando vueltas me doy cuenta que estoy rodeada de tiendas, aunque no estoy en el centro, y de enormes calles que dan a lo que creo que es la Rambla.

Paseando, me doy cuenta que se hace tarde y es hora de volver.

El día ha transcurrido rápido pero lento a la vez. He tumbado por las calles que me rodean y he inspeccionado todo lo que he podido. De momento puedo defenderme por estos sitios. Ya he cenado, estaba muy bueno todo, y no, no he dejado nada en el plato, mamá. Ahora me voy a dormir, mañana va a ser un gran día, espero, y tengo muchas, muchísimas, demasiadas, ganas de verle.


Me levanto temprano, aunque casi no he dormido por los nervios; me visto tranquilamente y bajo a desayunar. Vuelvo a la habitación, acabo de arreglarme, y salgo dispuesta a buscar un taxi para dirigirme a la Avinguda Diagonal. Me deja al principio de ella, básicamente porque no quiero gastar más y puedo ir caminando, ya que voy más pronto de lo que pensaba. Cuando estoy a punto de llegar a la esquina de Catalunya Radio, freno en seco, aprieto las manos y cojo aire. Me miro en el reflejo de una gran puerta de vidrio que hay delante y noto como empiezan a temblarme las piernas. Resoplo por última vez y, decidida, echo a andar, dirigiéndome al lugar que más feliz me puede hacer. 

Después de dar unos pasos, levanto la cabeza y, sin creérmelo, le veo sentado delante de mí, en la ventana de Catalunya Radio, fumando, tranquilamente, como si me estuviera esperando, ya que busca alguien con la mirada hacia mi dirección y, cuando me ve, sonríe levemente.  Me quedo quieta, sin desviar la mirada, sonriendo. Lo tengo a pocos metros de mí y noto como todo el cuerpo busca un encuentro con él: mis piernas quieren correr, llegar hasta él lo antes posible; mis brazos quieren rodearse en su cuello, no soltarse jamás; mis labios quieren perderse en sus mejillas, rozando la barba de tres días que lleva… Y rozar sus labios, pero eso jamás lo conseguiré.

Todavía perdida en mis pensamientos y emociones, noto como Àngel desvía la mirada hacia los coches y vuelve a dirigirla a mis ojos, donde me pierdo al notar su mirada en mí. Él esboza una sonrisa, no se mueve, se queda ahí. No es una sonrisa de sorpresa, es más bien una sonrisa de saludo tierno. Se levanta lentamente, sin apartar su mirada de mí, y yo, sin dejar de sonreír, me acerco a él, tímida, pero convencida.