Ya estoy en la habitación.
Es grande, me gusta: tiene un balconcito que da a un parque, bastante
tranquilo, no hay nadie (no en el rato que he estado yo asomada, por lo menos);
y un enorme armario, donde ya he guardado mi ropa y la maleta.
Me quedo mirando al diario, no sé qué escribir, nunca se me ha dado bien.
Lo cierro y me siento en la cama, mirando las paredes. No sé qué hacer. Lo
mejor será que vaya a dar una vuelta, que empiece a conocer el ambiente.
Salgo del hotel con el mapa que me regaló mi madre, cual guiri rubio que
busca la playa con sus chanclas y sus calcetines. Empiezo a dar vueltas en
círculos, sin alejarme mucho, no vaya a ser que me pierda y tenga que utilizar
el mapa, me moriría de vergüenza… Dando vueltas me doy cuenta que estoy rodeada
de tiendas, aunque no estoy en el centro, y de enormes calles que dan a lo que
creo que es la Rambla.
Paseando, me doy cuenta que se hace tarde y es hora de
volver.
El día ha transcurrido
rápido pero lento a la vez. He tumbado por las calles que me rodean y he
inspeccionado todo lo que he podido. De momento puedo defenderme por estos
sitios. Ya he cenado, estaba muy bueno todo, y no, no he dejado nada en el
plato, mamá. Ahora me voy a dormir, mañana va a ser un gran día, espero, y
tengo muchas, muchísimas, demasiadas, ganas de verle.
Me levanto temprano, aunque casi no he dormido por los nervios; me visto
tranquilamente y bajo a desayunar. Vuelvo a la habitación, acabo de arreglarme,
y salgo dispuesta a buscar un taxi para dirigirme a la Avinguda Diagonal. Me deja al principio de ella, básicamente porque
no quiero gastar más y puedo ir caminando, ya que voy más pronto de lo que
pensaba. Cuando estoy a punto de llegar a la esquina de Catalunya Radio, freno en
seco, aprieto las manos y cojo aire. Me miro en el reflejo de una gran puerta
de vidrio que hay delante y noto como empiezan a temblarme las piernas. Resoplo
por última vez y, decidida, echo a andar, dirigiéndome al lugar que más feliz
me puede hacer.
Después de dar unos pasos, levanto la cabeza y, sin creérmelo,
le veo sentado delante de mí, en la ventana de Catalunya Radio, fumando,
tranquilamente, como si me estuviera esperando, ya que busca alguien con la
mirada hacia mi dirección y, cuando me ve, sonríe levemente. Me quedo quieta, sin desviar la mirada,
sonriendo. Lo tengo a pocos metros de mí y noto como todo el cuerpo busca un
encuentro con él: mis piernas quieren correr, llegar hasta él lo antes posible;
mis brazos quieren rodearse en su cuello, no soltarse jamás; mis labios quieren
perderse en sus mejillas, rozando la barba de tres días que lleva… Y rozar sus
labios, pero eso jamás lo conseguiré.
Todavía perdida en mis pensamientos y emociones, noto como Àngel desvía la
mirada hacia los coches y vuelve a dirigirla a mis ojos, donde me pierdo al
notar su mirada en mí. Él esboza una sonrisa, no se mueve, se queda ahí. No es
una sonrisa de sorpresa, es más bien una sonrisa de saludo tierno. Se levanta
lentamente, sin apartar su mirada de mí, y yo, sin dejar de sonreír, me acerco a
él, tímida, pero convencida.
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