Acompañamos a Àngel hasta Catalunya Radio otra vez, tiene la moto allí y él
también tiene que irse. Durante el camino sigue pinchándome, riéndose de mí por
mi comportamiento vergonzoso con él y porque, al parecer, no sé caminar. No es
que no sepa caminar, es que al tenerlo tan cerca, las piernas me tiemblan, y
estando sentada lo puedo disimular, pero caminando no.
Llegamos allí en 10 minutos. Los 10 minutos más cortos de mi vida. Àngel se
gira, se coloca delante de mí y me sonríe.
- Adiós, Alicia. – Se queda así, de pie, mirándome, sonriendo, esperando
algo. Quizás que le conteste. Pero no puedo, el corazón me empieza a latir más
deprisa de lo normal y empieza a dolerme el estómago. Se forma en él un nudo
enorme, un nudo de rabia, de impotencia, y, sobre todo, de
pena. No quiero irme, no quiero que se vaya, no quiero volver a separarme de
él. Aprieto las manos con fuerza e intento sonreír, pero no lo consigo. Llàcer,
que me mira fijamente a los ojos, se da cuenta en ellos de que no quiero despedirme y
sacude la cabeza, riendo. – ¿Qué quieres que le haga? No es culpa mía que no
vivas aquí… – Consigue hacer que sonría, eso le hace sonreír a él también. Me muerdo
el labio, está precioso.
- Te echaré de menos… – Consigo decir en susurros. Eso le provoca una de sus
preciosas carcajadas que tanto me gustan. Me sonrojo, como siempre, pero
intento aguantarle la mirada.
- Lo sé, soy difícil de olvidar – dice poniendo pose de chulo. Me quedo
embobada mirándole, sonriendo como una tonta, riéndome de su gracia. Podría tirarme
todo el día así, solamente observándolo. Àngel chasquea los dedos delante de mi
cara, para despertarme. Sacudo la cabeza y río.
- Estaba aquí. – miento.
- Sabes que no. – sonríe pícaro.
- Sí.
- ¿Sí que? – dice extrañado.
- Que sí eres difícil de olvidar. – sonrío. Àngel se queda sorprendido, y
diría que casi se sonroja, ríe y abre los brazos hacia mí, para abrazarme.
Antes de que se dé cuenta, me lanzo alrededor de su cuello. – Gracias, Àngel,
gracias por todo. – Oigo como ríe en mi oído y noto como me presiona fuerte por
la espalda hacia él. Se me ponen todos los pelos de punta y se me llenan los
ojos de lágrimas, pero me contengo. Hundo la cabeza en su cuello, aspirando su
perfecto aroma, y lucho contra las lágrimas que están a punto de salir de mis
ojos.
- No me llores, por favor. – Susurra, apretándome más.
- No iba a… – Intento defenderme, pero me corta.
- No seas tonta, no hace falta que me das las gracias por nada. A mí también me
gusta pasar ratitos contigo, me divierto mucho – ladeo la cabeza, riendo – así
me gusta, que rías – se separa de mí, pero sigue cogiéndome por la cintura,
mirándome fijamente a los ojos – estás más guapa cuando sonríes, ¿Cuántas veces
tengo que decírtelo? – Le tengo demasiado cerca, y me sonrojo, me sonrojo como
un tomate, y sonrío, sonrío como una estúpida, sin apenas poderle hacer nada. Sus
labios se curvan y muestran una gran sonrisa también. Los ojos, que todavía
tenían dos lágrimas tontas que querían salir, las dejan caer, pero esta vez son de extrema felicidad. Agacho la cabeza, apretando los ojos y vuelvo a mirarle, con la más
grande y sincera de mis sonrisas.
- Siempre que lo necesite. Pero tranquilo, a partir de ahora lo tendré
siempre metido en la cabeza. – me devuelve la sonrisa.
- Como vuelvas a llorarme algún día, me enfadaré. – dice guiñándome el ojo.
- Hecho. – digo sonriéndole ampliamente. Vuelve a apretarme por la cintura
hacia él, dándome un último abrazo antes de irse. Al separarse, me coge por las
mejillas y me besa fuerte, aplastando sus labios contra mis mejillas ardientes.
Deja en ella un seguido de besitos, besos que nunca me sacaré de la cabeza.
- Nos vemos pronto, ¿vale? – dice sonriéndome.
- Muy pronto.
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