dijous, 8 de novembre del 2012

29. ¿Cuántas veces tengo que decírtelo?


Acompañamos a Àngel hasta Catalunya Radio otra vez, tiene la moto allí y él también tiene que irse. Durante el camino sigue pinchándome, riéndose de mí por mi comportamiento vergonzoso con él y porque, al parecer, no sé caminar. No es que no sepa caminar, es que al tenerlo tan cerca, las piernas me tiemblan, y estando sentada lo puedo disimular, pero caminando no.

Llegamos allí en 10 minutos. Los 10 minutos más cortos de mi vida. Àngel se gira, se coloca delante de mí y me sonríe.

- Adiós, Alicia. – Se queda así, de pie, mirándome, sonriendo, esperando algo. Quizás que le conteste. Pero no puedo, el corazón me empieza a latir más deprisa de lo normal y empieza a dolerme el estómago. Se forma en él un nudo enorme, un nudo de rabia, de impotencia, y, sobre todo, de pena. No quiero irme, no quiero que se vaya, no quiero volver a separarme de él. Aprieto las manos con fuerza e intento sonreír, pero no lo consigo. Llàcer, que me mira fijamente a los ojos, se da cuenta en ellos de que no quiero despedirme y sacude la cabeza, riendo. – ¿Qué quieres que le haga? No es culpa mía que no vivas aquí… – Consigue hacer que sonría, eso le hace sonreír a él también. Me muerdo el labio, está precioso.
- Te echaré de menos… – Consigo decir en susurros. Eso le provoca una de sus preciosas carcajadas que tanto me gustan. Me sonrojo, como siempre, pero intento aguantarle la mirada.
- Lo sé, soy difícil de olvidar – dice poniendo pose de chulo. Me quedo embobada mirándole, sonriendo como una tonta, riéndome de su gracia. Podría tirarme todo el día así, solamente observándolo. Àngel chasquea los dedos delante de mi cara, para despertarme. Sacudo la cabeza y río.
- Estaba aquí. – miento.
- Sabes que no. – sonríe pícaro.
- Sí.
- ¿Sí que? – dice extrañado.
- Que sí eres difícil de olvidar. – sonrío. Àngel se queda sorprendido, y diría que casi se sonroja, ríe y abre los brazos hacia mí, para abrazarme. Antes de que se dé cuenta, me lanzo alrededor de su cuello. – Gracias, Àngel, gracias por todo. – Oigo como ríe en mi oído y noto como me presiona fuerte por la espalda hacia él. Se me ponen todos los pelos de punta y se me llenan los ojos de lágrimas, pero me contengo. Hundo la cabeza en su cuello, aspirando su perfecto aroma, y lucho contra las lágrimas que están a punto de salir de mis ojos.
- No me llores, por favor. – Susurra, apretándome más.
- No iba a… – Intento defenderme, pero me corta.
- No seas tonta, no hace falta que me das las gracias por nada. A mí también me gusta pasar ratitos contigo, me divierto mucho – ladeo la cabeza, riendo – así me gusta, que rías – se separa de mí, pero sigue cogiéndome por la cintura, mirándome fijamente a los ojos – estás más guapa cuando sonríes, ¿Cuántas veces tengo que decírtelo? – Le tengo demasiado cerca, y me sonrojo, me sonrojo como un tomate, y   sonrío, sonrío como una estúpida, sin apenas poderle hacer nada. Sus labios se curvan y muestran una gran sonrisa también. Los ojos, que todavía tenían dos lágrimas tontas que querían salir, las dejan caer, pero esta vez son de extrema felicidad. Agacho la cabeza, apretando los ojos y vuelvo a mirarle, con la más grande y sincera de mis sonrisas.
- Siempre que lo necesite. Pero tranquilo, a partir de ahora lo tendré siempre metido en la cabeza. – me devuelve la sonrisa.
- Como vuelvas a llorarme algún día, me enfadaré. – dice guiñándome el ojo.
- Hecho. – digo sonriéndole ampliamente. Vuelve a apretarme por la cintura hacia él, dándome un último abrazo antes de irse. Al separarse, me coge por las mejillas y me besa fuerte, aplastando sus labios contra mis mejillas ardientes. Deja en ella un seguido de besitos, besos que nunca me sacaré de la cabeza.
- Nos vemos pronto, ¿vale? – dice sonriéndome.
- Muy pronto. 

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