Àngel me coge de la mano y, silencioso y haciéndose el interesante, se
dirige hacia su moto. Al llegar, se gira, me repasa y sonriendo susurra “Hoy no
vas a tener problemas”. Rompo a reír y niego con la cabeza, esperando a que
suba a la moto para colocarme detrás de él. Al sentarme, me abrazo a su cuerpo
y cierro los ojos, sonriendo, notando como se enciende el motor y todo empieza
a temblar, disimulando mi tembleque de la emoción.
Recorremos las calles de Barcelona en silencio, es como si el tiempo
estuviese detenido, solo estamos él y yo. Solo escucho el ruido del motor, solo
veo las calles y los coches distorsionados por la velocidad. Para mí no hay
nada más que él, y más en momentos así.
La moto se detiene, y con ellos mis pensamientos. Àngel se recoloca para
avisarme que ya puedo soltarme y bajar, y así lo hago, un poco sonrojada. Al
sacarme el casco, me doy cuenta de dónde estamos.
- No puede ser… – susurro, mirándole
incrédula y con una gran sonrisa.
- Que, ¿te acuerdas? – sonríe.
- ¿Cómo no voy a acordarme? – alzo el tono de voz, por la emoción, y él se
sorprende y ríe divertido. Me giro, inspecciono el lugar para acabar de
situarme y, al ver lo que estaba buscando, corro hacia allí. – ¡Mira! – grito
llegando al lugar, girándome para ver si me sigue – Aquí fue donde estuvimos
sentados la primera vez que vine a Barcelona a verte… – sonrío al recordarlo.
- Sí… – susurra – Aquí fue donde te llevé por primera vez. – se queda
mirándome fijamente, con una pequeña sonrisa. Me pierdo en sus ojos, sonrío, y
me acerco a él poco a poco.
- Me dijiste que este parque era tu preferido... – me paro frente a él, a
poca distancia de su cuerpo, sin apartar la mirada. Da un pasito hacia mí,
afirmando con la cabeza. – Pero no me dijiste el por qué… – sí me lo dijo, me
acuerdo perfectamente, y con la sonrisa traviesa que se origina en sus labios
puedo entender que él también se acuerda de ello.
- Porque… – susurra acortando más la distancia y cogiéndome suavemente por
la cintura – Es muy solitario, tranquilo, silencioso… – poco a poco va
acercando su cuerpo hacia el mío, agachando la cabeza, mirándome a los labios,
sin apartar la sonrisa traviesa de su cara. Empiezan a temblarme las piernas,
agacho la cabeza y cierro los ojos, suspirando. Él me aprieta por la cintura
dulcemente. “No seas tonta, Alice,
recuerda lo que te repite Blair ‘Vive el momento, que luego te arrepientes’”.
Resoplo, aprieto los puños y, decidida, levanto la cabeza, enfrentándome a su
mirada preocupada. Poco a poco voy subiendo las manos y las coloco en su pecho,
subiendo la derecha y apoyándola al lado de su cuello. Sonríe, me mira a los labios
y le devuelvo la sonrisa, poniéndome un poco de puntillas. Vuelve a apretarme
por la cintura, acortando del todo la distancia, y me roza suavemente la nariz
con la suya, entrecerrando los ojos. Me muerdo el labio inferior, cierro los
ojos y levanto la cabeza levemente, cediéndole el paso. No tarda ni un segundo
en apretar con fuerza sus labios contra los míos y saborearlos dulcemente,
entreabriéndolos, mordiéndome el labio inferior, jugando con ellos. A la vez,
me aprieta por la espalda, acariciándome, evitando que nuestros cuerpos se
separen un solo centímetro. Vuelvo a perder la noción del tiempo, volvemos a
estar solos, él y yo, en un parque desconocido, abrazados, besándonos, sin
importarnos nada ni nadie. Es todo más que perfecto, es más que lo que nunca he
soñado, es más que lo que podría pedir, es más que el miedo que siento a no
verle más… Me da un vuelco el corazón de golpe que hace que me separe de él y
agache la cabeza. Me suelta un poco y me acaricia la cintura, agachando la
cabeza, buscando mi mirada. – Que… ¿Qué pasa? – susurra. Niego con la cabeza,
intentando fingir estar bien, pero cuando levanto la mirada y le veo, no puedo
evitar soltar una lágrima.
- No puedo… – susurro bajando la cabeza otra vez.
- ¿Qué? – se agacha nuevamente, esta vez ayudado de las rodillas, e intenta
levantarme la cabeza.
- Que no puedo, Àngel… – dejo que me levante la cabeza y le miro fijamente,
dejando caer otra lágrima – Me voy en dos días. ¿Qué haré después? – me
cuestiona con la mirada, sin entenderme – Para ti es fácil, yo no soy nada. En
cambio tú para mi… Sí. Tú para mí lo eres todo, ¿entiendes? Y después de esto…
Nada será igual, no podré avanzar, me quedaré encerrada en este recuerdo… Y no
quiero que sea así, no quiero sufrir más, Àngel… – me aprieto a él, apoyo la
cabeza en su pecho y lucho por no romper a llorar.
- ¿Quién te ha dicho que vaya a hacerte sufrir? – susurra abrazándome
dulcemente y acariciándome la cabeza – ¿Quién te ha dicho que no vayamos a
vernos más después de esto? – me separo de él, levantando la mirada, ilusionada
e intrigada. – No voy a dejar que te vayas – susurra – No quiero perderte. – me coge suavemente de las mejillas
y me mira fijamente – No pienso dejar que suceda.
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