dimarts, 2 d’abril del 2013

39. Tenemos que hablar


De repente dejo de notar su respiración, siento que ya no está cerca. Abro los ojos lentamente, con miedo, fijándolos en su mirada, que está puesta en mí, conjuntando con una sonrisa pícara que le va de oreja a oreja. Me sonrojo mucho más de lo habitual y agacho la cabeza, escuchando una pequeña carcajada suya.

- ¿De verdad pensabas que iba a besarte? – Alzo la mirada enfadada, y al ver su rostro de diversión, pero a la vez dulzura, se convierte, otra vez, en una mirada de vergüenza.
- No pensaba… simplemente… – Susurro. Ni tan siquiera sé qué decir.
- ¿Qué? ¿Simplemente qué? – Vuelve a decir divertido. Vuelvo a mirarlo mal, esta vez su cara no muestra dulzura, se está riendo de mí.
- Simplemente – contesto enfadada y contundente – Simplemente eres imbécil.

Me levanto de la silla, no sin antes ver su cara de asombro y me voy del bar, dejándole allí sentado, sin saber qué hacer. Empiezo a correr por las pocas calles que me he aprendido, llorando de la rabia, sin saber qué pensar. ¿Cómo puede jugar así con mis sentimientos?


Me encierro en mi habitación del hotel, me tumbo en la cama y me pongo música para desconectar, quedándome dormida al rato. No quiero volver a pensar en él, en lo que ha pasado, en lo que me ha hecho…

- Señorita Alicia, Alissss para los amigos, salga ahora mismo con las manos en alto.

Me levanto de la cama y me siento apoyando el trasero encima de mi pierna derecha. Ladeo la cabeza hacia la puerta y luego hacia el balcón, intentando descubrir de donde provenía el ruido y intentando saber de quién es esa voz.

- Señorita Alisssss, sé que me estás escuchando.

Sonrío, es su voz. Me levanto, me arreglo el jersey y salgo al balcón, apoyándome en la barandilla, mirando hacia el parque. Y allí está él, con un gran megáfono en las manos, sonriendo y haciéndome señales.

- Baje, por favor, tenemos que hablar.
- ¿Y si no me da la gana de bajar? – contesto gritando, haciendo que la gente que pasaba por la calle, que todavía no se había parado a buscar a quien iban dirigidos esos gritos, se detengan enfrente del hotel para admirar la escena.
- Te mueres de ganas de hacerlo. – contesta divertido.

Ladeo la cabeza riendo y entro en la habitación, cogiendo la chaqueta y cerrando la puerta al salir. Bajo corriendo las escaleras, esquivando a la gente que había en los pasillos y salgo corriendo hacia el parque, que está en la parte de atrás del hotel. Cuando llego allí, le veo con los brazos abiertos: en una mano tenía el megáfono, y en la otra una especie de cartulina en la que ponía “Lo siento”. Cuando llego delante de él, freno, le miro divertida y doy un paso hacia atrás.

- Así no vas a hacer que se me pase el enfado.

Me contesta con una sonrisa dulce y pícara, deja la cartulina en el suelo, apoyando el megáfono encima, se acerca a mí y me abraza por la cintura, elevándome un poco del suelo.

- Lo siento, Alice, no quería hacerte enfadar. 

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