divendres, 24 d’agost del 2012

1. No ha salido como yo había soñado...

Lunes, 7 y media de la mañana. Empieza a entrar el sol por la ventana y, con él, el aire, la brisa de verano, la esperanza de, por fin, hacer mi sueño realidad. Sí, me he puesto el despertador a esta hora a propósito: hoy se estrena en el teatro de mi pueblo una obra de teatro. Pero no una obra de teatro común, no: una obra de teatro infantil, de niños, de esos que cuando lo ves sientes que no quieres crecer, que quieres ser pequeño siempre, que todo se puede hacer realidad si le ruegas a una estrella… Y yo llevo mucho tiempo rogándole a mi estrella que se haga realidad mi mayor sueño: conocerlo. Conocer a mi ídolo, a ese que con solo verle me hace sacar la sonrisa más tonta y enamoradiza de la tierra, a ese que sigo en todos los programas y proyectos que hace, a ese que me vuelve loca con cada palabra, con cada gesto, con cada risa… Su risa… Su risa es tan perfecta, tan indescriptible… Todo él es perfecto, y siento que jamás nadie me hará sentir lo que él me transmite.

Me levanto de un salto de la cama, voy corriendo hacia el armario y saco la ropa que tenía preparada: una camiseta de Franklin&Marshall, unos pantalones cortos y unas Munich, para que cuando me vea se dé cuenta de que soy una fan de verdad.

Almuerzo deprisa, atragantándome. No quiero llegar tarde, quiero estar allí la primera, esperar las horas que hagan falta. Todo por verle, verle enfrente de mí, sonriendo como  solo él sabe y que me diga “Hola. ¿Llevas esperándome mucho rato?” y contestarle “Toda la vida.”

Acabo de soñar despierta y salgo corriendo a la calle. Mientras voy de camino al teatro, pienso en como reaccionaré al verle: ¿Lloraré? ¿Me quedaré sin hablar? ¿Podré respirar? Mientras me monto otra de muchas películas en mi mente, llego a la puerta trasera. Todavía no hay nada: ni coches, ni furgonetas, ni la puerta abierta… No ha llegado nadie. Me siento a esperar en la escalera de la puerta, poniéndome los cascos y escuchando la canción que más me recuerda a él: Just the way you are.

Pasan las horas y no aparece nadie: ni técnicos, ni actores… El corazón me da un vuelco ¿Y si han entrado por la puerta de delante? Me levanto y empiezo a correr, dando la vuelta a la calle para llegar a la puerta principal. Nada, no hay nadie. Miro el reloj: son casi las 2 del mediodía… No puede ser, si la obra es a las 6. Tendrían que estar ya aquí, montando el escenario, probando las luces, el espacio, los micros… Vuelvo a la puerta trasera y veo un coche aparcado. Mierda. Me echo encima de la puerta e intento ver si hay alguien dentro, pero me veo yo reflejada. Resoplo y vuelvo a sentarme.

Y entonces, giro la cabeza hacia la carretera y veo entrar otro coche. Me levanto con las piernas temblorosas, miro al cielo y rezo a mi estrella por que sea él.  Oigo como frena, para el motor y se abre la puerta del copiloto. Está lejos, pero reconozco ese pelo, ese cuerpo, esa carita: es Manu Guix. No hay duda, el conductor tiene que ser él. Y así es: se abre la puerta y aparece él, Àngel Llàcer, con su pelo despeinado, unas gafas de sol, y riendo vete a saber por qué. Intento dar un paso hacia delante, pero no puedo, así que me apoyo en la pared, al lado de la puerta, esperando a que se acerquen para pedirles una foto e intentar hablar con ellos un rato.

Empiezan a acercarse, hablando entre ellos, me miran des de lo lejos y hacen ver como si no estuviera allí. Cuando por fin están a mi lado, tartamudeo “Hola, Àngel…” pero no me hace caso. Lo intento de nuevo: “Àngel, por favor, ¿nos podemos hacer una foto?” se gira, me mira con cara seria y me contesta “Lo siento, tengo prisa” y entonces abre la puerta y entra dentro. Me quedo alucinada, los ojos se me salen de la cara y no puedo cerrar la boca. Pero… ¿Pero se puede saber qué ha pasado? Esto no ha salido como yo había soñado….

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