Pasaron los meses y Àngel y yo estuvimos un poco en contacto por twitter.
Cada día le echaba más de menos y crecían mis ansias de ir a Barcelona a verle,
pero no tenía como ir. Gracias a Dios, tuve que hacer de niñera dos semanas a
los hijos de una amiga de mi madre y eso me dio un poco de dinero. Àngel iba
teniendo proyectos por la radio y televisión, y eso me permitía escucharle y
verle indirectamente. Pero aún así no bastaba, necesitaba verle en persona otra
vez, y para ello tenía que esperar hasta algún día de fiesta para poder ir.
Y muy lentamente llegó setiembre, y con él las fiestas del pueblo. Una
semana entera, antes de empezar las clases, que teníamos para festejar. Mi
dinero solo daba para una visita a Barcelona, ya que tuve que comprar cosas
para este nuevo curso pero tenía que intentarlo.
Y aquí estoy, en el tren, muerta de los nervios, yendo para Barcelona a ver
a Àngel en un programa de radio. No le he dicho nada, va a ser en plan
sorpresa. Blair me coge de la mano y me anima, suerte que he podido convencerla
para que venga…
Después de dos horas, llegamos a Barcelona. Mis nervios crecen y tiemblo
entera. Blair se ríe de mí y me recuerda que Llàcer también lo hará si no paro
cuando le vea.
Empezamos a buscar Catalunya Radio, y con la tontería nos perdemos, somos
así. Como sabíamos que pasaría eso, hemos venido con tiempo, todavía falta una
hora para que empiece el programa, así que no pasa nada. Después de dar muchas
vueltas y preguntar a todo aquel que nos encontramos, llegamos al lugar.
Nos sentamos en el sofá y crecen mis nervios. Las piernas me tiemblan y la
barriga me duele demasiado. Blair empieza a preocuparse por mí, pero la
tranquilizo diciéndole que no me pasa nada, que ya se me pasará. La sala
empieza a llenarse de gente que venía de público, de trabajadores de aquí, de
gente que pasea… Pero Llàcer no aparece… ¿Y si hoy no viene? ¿Y si todo justo
hoy no venía como colaborador? ¿He venido para nada? Los ojos se me empiezan a
llenar de lágrimas y aprieto la mano de Blair, agachando la cabeza. Ella me
acaricia la espalda, supongo que sabe que es lo que estoy pensando. No puede
ser, tengo demasiada mala suerte…
- ¿Alicia?
Reconozco esa maravillosa voz, y solo hay una persona que tenga las narices
de llamarme así. Levanto la cabeza corriendo, con los ojos muy abiertos y
llenos de lágrimas. Y allí, delante de mí, está él, con una sonrisa de sorpresa
en la cara.
- ¿¡Pero qué haces aquí!? – dice abriendo los brazos y acercándose a mí. Me
levanto de un salto del sofá y me lanzo a su cuello, abrazándolo, soltando las
lágrimas.