Jueves 23 de diciembre de
2010. Después de pasar todo el día anterior haciendo la maleta, poniendo y
sacando cosas, indecisa, hoy, por fin, estoy sentada en el tren, de camino a
Barcelona. Todavía no puedo creerlo. Tan solo han pasado tres días desde que mi
madre me regaló los billetes y la estancia en el hotel, no he podido
asimilarlo. ¿Qué haré yo allí sola? ¿Pasear? ¡Si ni tan solo me conozco la
ciudad! Tengo miedo… Miedo de perderme, de no saber qué hacer, aburrirme… Miedo
de plantarme cada día delante de Catalunya Radio y que me aborrezca. No, no
puedo hacer eso… Iré mañana. Solo mañana. Le contaré qué hago aquí y… Le
abrazaré. Tengo tantas ganas de abrazarlo…
Dejo de escribir. ¿Qué estoy haciendo? Este diario solo era para apuntar lo
que iba haciendo durante el día, no para expresar mis sentimientos… Como vuelva
con un diario lleno de ‘Àngels’ por todas partes, mi familia me mata. Resoplo. Pues nada, tendré que apuntar solo
lo imprescindible.
Después de dos largas horas,
estoy llegando a Barcelona. Los nervios crecen por momentos. Mamá, ¿por qué me
has hecho esto? Sabes que no me gusta gastar dinero… Ahora tendré que buscar un
taxi para llegar al hotel… Suerte que me habéis dado dinero entre todos, porque
si no me muero del hambre y del asco. (Río. El día en que enseñe esto en casa, me caerán
por todos los lados…) Las señoras que
tengo sentadas al lado comentan que llegamos en 10 minutos, así que voy a
empezar a guardar las cosas. Nos vemos cuando llegue al hotel.
El tren frena, la gente se levanta y se empieza a apelotonar en la puerta. Cojo
las maletas y, como puedo, me planto entre ellos. Se abren las puertas y salgo
entre los empujones de todos los pasajeros, que ni se paran en darse cuenta que
voy cargada. Cuando solo voy con el bolso, esto no es tan molesto…
Salgo de la estación y paro un taxi. Le doy la dirección del hotel y me
lleva hasta allí. Las piernas me tiemblan. Putos nervios. ¿No crees que ya eres
un poco mayorcita como para que te pase esto? No, no lo soy, nunca lo seré.
Mientras no llegamos, miro por la ventana, escuchando música. Intento quedarme
con las calles, las carreteras, los rincones de la ciudad. Tengo que memorizarlo
todo un poco, antes de perderme. Antes de que me dé cuenta, el taxi para y el
conductor se gira extendiendo la mano hacia mí, con una sonrisa forzada. Le pago,
con una sonrisa de vuelta, y salgo del coche. Cierro
la puerta, agacho la cabeza, cierro los ojos, resoplo y me giro, abriendo los
ojos y subiendo la cabeza para admirar el edificio. El letrero del hotel se me queda marcado en la
retina. Todavía no puedo creerlo, no me entra en la cabeza que esto esté
pasando de verdad, que vaya a quedarme aquí, sola, durante una semana. Aprieto las
manos, aferrándome con fuerza a las maletas. “Vamos, Alice, se que puedes”.